«Por su ejemplo nos mueve a seguir a Cristo.»

En la mirada tierna, de consuelo y esperanza de la Virgen Dolorosa, es como todos los que pertenecemos a la Unidad Educativa Javier vamos reconociendo la presencia amorosa de una Madre, que nos acompaña en la misión y nos lleva hasta Jesús.

Una madre está para sus hijos, en cada momento de la vida sale al encuentro entre alegrías y tristezas, su cariño y su paz llenan el corazón, y se convierte en un ejemplo a seguir en la vida. María, nuestra Madre del Cielo, acompaña como una madre a todos los cristianos, lo hace en silencio y nos conduce poco a poco a un encuentro vital en la vida de cada uno: el encuentro con Jesús, fruto bendito de su vientre.

 

Para un javeriano, María es un símbolo de amor y ternura, que se vuelve cercano y cotidiano. Comienza en Inicial y va acompañando el camino para que, al terminar 3ro de Bachillerato, no queda en un recuerdo lejano, sino en una marca indeleble que se vuelve vida y una mirada que no se olvida.

Finalmente, María es quien está junto a la Cruz de su hijo. Nuestra Madre Dolorosa nos enseña a estar junto a los que sufren, a quienes pierden la esperanza, a quienes necesitan consuelo; es ella la que nos mueve a seguir a Cristo, y así, nos mueve también a servir a los demás. Esta es la esencia de ser javeriano, seguir a Jesús y estar al servicio de los otros, acompañados por la presencia amorosa de nuestra Madre Dolorosa.

Carolina Aranda

Coordinadora de Pastoral

Javier fue un misionero audaz, incansable, heróico; no lo detenían ni las pestes, ni los piratas ni los peligros que podría encontrar en tierras desconocidas, pues era un joven apasionado por evangelizar a todos los hombres. Surcó los mares de casi todos los continentes y pasó a la historia como el “divino impaciente”, el hombre sin fronteras, al que nadie se atrevería a frenar su paso. Javier se aventuró a explorar tierras recónditas para anunciar el Evangelio, por ello la Iglesia lo nombró como el patrono de las misiones, el “Gigante de la historia de las misiones”.

El compañero de San Ignacio fue un hombre que siempre tuvo sed de conocimientos, de prepararse mucho para conquistar el mundo. Por eso estudió en la mejor universidad de París desde los 19 hasta los 31 años. Ahí no solo conoció a Ignacio, sino también a Pedro Fabro, con quienes compartió habitación. El Peregrino de Loyola le repetía constantemente a Javier esta frase del Evangelio: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”. La frase movió el corazón del “Aventurero de Dios” y lo dejó inquieto para siempre. Ni las extrañas lenguas, ni los países recónditos, ni los muchos peligros frenaron el celo apostólico de Javier para llevar a Jesucristo hasta el extremo del mundo conocido. Se tomó muy a pecho las palabras que San Ignacio le dijo al despedirse: «Id, inflamad todas las naciones».

Para la Compañía de Jesús y para todos quienes somos parte de la familia javeriana, San Francisco Javier no solo es el patrono de la institución, sino también un modelo de vida. Su testimonio como jesuita y misionero, no solo nos habla de sus acciones externas, sino que nos muestra que su grandeza le surge de adentro, donde habita Dios como una llama que nunca se apaga. Es por esto que a San Francisco Javier siempre se le pinta con un fuego que sale de su pecho, el mismo fuego nos invita a ser fuegos que encienden otros fuegos en medio de nuestras labores cotidianas, en la casa, en el colegio o en los sitios en los que estemos. Somos fuego porque Dios es el fuego que aviva nuestras vidas, como avivó la vida de nuestro patrono.

Que este testimonio de Francisco Javier, no se quede impreso en lindos folletos, que no lo recordemos solo en misas conmemorativas o en actividades que se realizan en su honor; sino que más bien, todo aquello que nos impacta de su vida lo llevemos a nuestra vida diaria. Que cada uno de nosotros podamos ser Javier en nuestra tierra, que su legado no se pierda y que esa frase de San Pablo que le animó por mucho tiempo: “Ay de mí si no predico el evangelio”, nos invite a llevar el verdadero rostro del Dios de Jesús a nuestro prójimo, especialmente a nuestros queridos niños y jóvenes a quienes servimos, a quienes estamos llamados a acompañar durante su formación integral.