Renata Iturralde y su experiencia en la construcción de casas en Manabí.

07/05/2017

 

Este fin de semana tuve mi experiencia de construcción de casas con Hogar de Cristo.  Me perdí cuatro fiestas y decidí ir con tres compañeros, haciendo un gran sacrificio por los que más lo necesitan. Leovana (Ordóñez), Natalia (Gavilán), Xavier (Ibarra) y yo salimos el viernes en la mañana a Manabí. El camino fue un poco largo, la comida muy buena y llegamos a la escuelita, finalmente.

 

El primer día nos fuimos a Cañitas a analizar y conocer el lugar en donde íbamos a construir las casas, luego regresamos a Charapotó para dormir. El segundo día fue duro, no dormí en toda la noche por el frío y yo, creyendo que en la costa no haría nada de frío, sólo llevé mi chompa del colegio. Además, después del temblor de 6,3 tenía otra razón para no dormir bien. Nos levantamos a las 06H00; luego de desayunar nos fuimos a construir la casa. Yo en realidad estaba con algo de miedo porque no sabía si la íbamos a terminar la obra, esa era mi preocupación, ya que íbamos solo ocho: Carito Aranda, ‘el Chamo’ Ronald (Borges), Martín (Bermúdez) y Marcos,  además de nosotros. Pero lo logramos.

 

Eran ya las 16H00 y no habíamos almorzado. Yo ya ni veía. Comimos a las 16H30 en una de las casas de una familia del pueblo y fue como sentirse en casa. Una de las cosas que más me sorprendió fue el hecho de que ellos, siendo tan pobres, sin nada que dar, nos obsequiaban algo: arroz con papa o un vaso de agua, para nosotros ya era suficiente.

 

Esta es la parte más fuerte de todas: terminábamos de almorzar y fuimos a visitar a algunas de las familias que necesitan ayuda, me dio una pena indescriptible y unas ganas de llorar tan fuertes al escuchar que las ratas se paseaban por sus colchones y comida…y me consta, las vi. No sabía qué hacer en ese momento, si llorar, si sonreír, me quedé en shock. Había vivido momentos así pero nunca tan impactantes, nunca tan dolorosos y fuertes. Fue una prueba muy dura, la verdad, el ver cómo nos imploraban por ayuda y yo no podía hacer nada más que darles una sonrisa, pero eso no bastaba. Después de esa escena tan dolorosa, regresamos a la casa la cual ya estaba terminada, eso fue lo más gratificante del día: verlos sonreír, ver a esos niños admirando su nuevo hogar, y saber que yo fui parte de eso, fue algo que me llegó hasta el alma, algo puro, con sus sonrisas y lágrimas de felicidad era suficiente recompensa.

 

Créanme cuando les digo que no me arrepiento ni un segundo haber ido a Manabí, y esto se lo debo también a Machachi, ya que me han hecho ver las cosas desde un punto de vista más abierto, más espiritual, más diferente. No servimos de nada si no nos entregamos por completo al servicio por los demás, y créanme, esto llena mucho más que ir a una fiesta y tomar. Fiestas hay muchas, experiencias como estas muy pocas. 

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