Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor.

 

Esta frase, del místico español y doctor de la Iglesia San Juan de la Cruz, expresa que al final de la vida, cuando nos presentemos ante Dios, la posible pregunta a responder será: ¿cuánto has amado?

 

Hoy, en la última misa en homenaje al prodigio de la Dolorosa, después de quince, seis o del número de años que estuvimos en el colegio bajo la tierna mirada de María, hagámonos esa misma pregunta: ¿cuánto hemos amado?

 

He de ser yo el primero en confesar que no amé lo suficiente. Ni siquiera quería entrar al colegio, en mi mente de hace seis años era una terrible pesadilla entrar a una institución donde solo conocía a tres personas. Ya aquí, podría decir que la pesadilla se cumplió. Logaritmos, exponenciales, biogenética, ecuaciones Redox, sistema nervioso, monografía y tantos otros temas que no amé, sé que muchos no lo hicimos.

 

No obstante, confieso que el cariño que le llegamos a tener a cada uno de nuestros profesores es inmenso. ¡Cómo no amar su sacrificio, su paciencia, su entrega, sus gritos, sus consejos, sus acentos, sus «excelentes»! En nuestra memoria son imborrables sus anécdotas, su pasión a pesar de la edad, sus gritos que enseñaban mientras corregían, sus «no saben escribir», «todos sin tacos», «póngale 0 y engaño al profesor» y tantas otras frases que nos marcaron. Solo bromeaba, es imposible no amar el conocimiento que nos transmitieron, gracias por todo. Ahora, quédense seguros, que sus supletorios y sus exámenes, los odiamos. 

 

Sin embargo, aquí conocimos mucho más que ecuaciones o movimientos literarios, aquí nos conocimos. Encontramos mucho más que amores de pareja, aprendimos que existe un amor casi tan fuerte como el amor de familia, descubrimos un amor que es reflejo del amor de Dios. Es que aquí en el Javier encontramos el amor entre amigos, aquí nos hicimos hermanos para toda la vida.

 

Porque amistad —afecto, simpatía y confianza— es poco para las alegrías con las que gozamos, los chistes con los que nos carcajeamos o las lágrimas que un hombro próximo secó. ¡Quién pensaría que esos seres extraños que estaban en un mismo curso por primera vez hace algunos años, llegarían a ser tan importantes!

 

Campamentos, horas de clase, reuniones, confraternidades, actos cívicos y demás fueron testigos del madurar de todos nosotros. De un madurar intelectual, espiritual y fraternal. Y, a pesar de que no amé lo suficiente, amé. Los amé.

 

Ahora, que el colegio llega a su fin, podríamos pensar que es cuando la vida y todo lo que implica verdaderamente comienza. Entonces, cabe hacernos la pregunta del principio, pero planteada de forma distinta: ¿cuánto voy a amar?

 

En un mundo donde el amor es ultrajado y confundido con cualquier cosa, somos nosotros quienes debemos rescatar su verdadero significado, recordando que hemos sido creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Creados para amarlo y para transmitir ese Amor a nuestros semejantes.

 

¿Cómo corresponderemos al sacrificio de nuestros padres? ¿Cómo corresponderemos la entrega de nuestros maestros? ¿Cómo honraremos a nuestros hermanos de promoción? Sencillo, amando. Amando lo que hacemos, entregando todo a las pequeñas y grandes labores. No siendo ingratos con quienes compartimos tanto tiempo y que tanto nos entregaron. Amando y dejándonos amar, con un corazón inflamado como el de San Francisco Xavier.

 

Para que así, después de una vida amando con alegría, al momento de presentarnos ante Dios podamos decir orgullosamente: Señor yo amé, y viví A la Mayor Gloria de Dios.

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