San Francisco Javier, el gigante de las misiones

El día 3 de diciembre la comunidad Javeriana celebró a San Francisco Javier, patrono de la institución, además de ser considerado patrono de todos los misioneros y llamado “Gigante de la historia de las misiones”, por las muchas conversiones que logró en el lejano oriente en tiempos muy difíciles.

 

Una de las muestras de gratitud por toda la labor que realizó este Santo Jesuita fue la Eucaristía que se celebró el día en que es recordado, aquí participaron docentes, estudiantes, padres de Familia, personal administrativo e invitados.

 

La Santa Eucaristía fue precedida por el rector de la institución, el P. José Rodríguez SJ, quien en su homilía rescató muchas virtudes, además de algunos datos referentes a la vida del patrono de las misiones, entre ellas mencionó que Javier tuvo como compañero de pensión al Beato jesuita Pedro Fabro y conoció al entonces estudiante San Ignacio de Loyola, quien le solía repetir la frase de Cristo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”, es así como poco a poco esas palabras fueron resonando en su corazón.

 

Siendo esta misa muy especial para todos, las ofrendas que se presentaron tenían concordancia con la vida de Francisco Javier, pues el bolso misionero y el crucifijo son objetos que siempre lo acompañaron en su vocación de estar al servicio del otro.

 

De la vida de San Francisco Javier podemos rescatar muchas cosas como el deseo inalcanzable de evangelizar en todas las naciones, ese apetito de poder llevar a Dios a quien no lo conoce, incluso aprendiendo nuevos idiomas, a través de la música o simples conversaciones con aquellos que lo rodeaban.

 

Que este testimonio de vida que nos ha dejado San Francisco Javier no se quede en meras misas, folletos o actividades que se realizan en su honor, sino más bien que todo aquello que nos impacta de su vida la llevemos a nuestra vida ordinaria, que nosotros podamos ser Javier en la tierra, que su legado no se pierda y esa frase que él decía “Ay de mí si no predico el evangelio”, nos invite a llevar el verdadero rostro del Dios de Jesús a nuestro prójimo.

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